
Hay días que se recuerdan por lo que se hace, y otros por lo que Dios hace en nosotros. La convivencia de final de curso en Bocairent fue, sin duda, de estas últimas.
Poco a poco fueron llegando los cursillistas a la plaza de la parroquia. Los saludos, los abrazos y los «¡De Colores!» sonaban con esa alegría sencilla que sólo nace cuando uno sabe que vuelve a encontrarse con su familia en la fe. No era únicamente una excursión; era el reencuentro de una comunidad que sigue caminando unida después de tantos Cursillos, Ultreyas y Escuelas.
La Eucaristía, celebrada en la majestuosa parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, fue el verdadero centro del día. Allí, ante el Señor, dimos gracias por el curso que termina, por las personas que Él ha ido poniendo en nuestro camino y por tantos dones recibidos.
Al contemplar la iglesia llena, resulta fácil recordar una de las grandes intuiciones del Movimiento: Cristo sigue contando con personas concretas para llegar a los ambientes concretos.
Durante la jornada tuvimos varias visitas a lugares emblemáticos de la ciudad; al Museo Parroquial, donde fuimos descubriendo auténticos tesoros de la fe que han acompañado durante siglos a la comunidad cristiana de Bocairent, el Museo Etnográfico, donde la historia dejó paso a la vida cotidiana y el Monasterio de las Carmelitas Descalzas, una comunidad que desde hace siglos sostiene silenciosamente la misión de la Iglesia mediante la oración
Llegada la hora de la comida, nos reunimos en el salón parroquial. Cada uno había preparado su propia comida y, además, había llevado algún aperitivo para compartir con los demás.
El Movimiento puso las bebidas, pero el verdadero banquete fue, una vez más, la amistad. Sobre las mesas aparecieron tortillas, empanadas, ensaladillas, embutidos, cocas, frutas y tantas otras especialidades preparadas con cariño. Todo iba pasando de unas manos a otras con absoluta naturalidad, porque compartir forma parte del ADN de un cursillista.
La sobremesa fue, si cabe, todavía más entrañable. Mientras el aroma del café invitaba a prolongar el encuentro, llegó el esperado concurso de bizcochos y postres caseros. Los participantes nos sorprendieron con auténticas delicias elaboradas por ellos mismos, que compartieron generosamente con todos los asistentes. Pudimos degustar bizcochos, tartas y otros dulces preparados con mucho cariño mientras el jurado deliberaba entre bromas, aplausos y sonrisas.
Era una familia disfrutando de estar reunida. Era la amistad convertida en evangelio vivido. Y quizá sea precisamente ahí donde reside una de las mayores riquezas del Movimiento.
Porque muchas veces el Señor se hace presente en las cosas aparentemente más pequeñas: una conversación tranquila, una mesa compartida, una sonrisa, un café, un postre preparado con cariño o una carcajada que une todavía más a quienes caminan juntos.
En la capilla del monasterio vivimos el último acto de nuestra convivencia: una oración de despedida y acción de gracias.
Después de un día tan intenso, todo encontraba allí su sentido. Dimos gracias al Señor por lo vivido durante el curso, por los frutos que Él ha querido conceder al Movimiento, por los nuevos cursillistas, por quienes perseveran desde hace tantos años, por quienes ya partieron a la Casa del Padre y por quienes siguen anunciando con su vida que Cristo vive.
Terminamos el curso dando gracias y comenzamos el descanso con la esperanza renovada. Cada uno regresó a su casa sabiendo que la convivencia había terminado, pero que la misión continúa. Ahora nos espera nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros amigos y nuestros ambientes. Allí donde el Señor nos sigue enviando para ser testigos sencillos, alegres y auténticos.
Porque el Cursillo no acaba nunca, continúa allí donde cada cursillista vive su cuarto día.
¡De Colores!


