
A pesar de lo extensa que es nuestra diócesis, casi 200 kms. este-oeste, la distancia no fue impedimento para que un nutrido grupo de cursillistas se dieran cita en la mañana del sábado 5 de Octubre, en San Vicente de Alcántara.
Pueblo de paisajes espectaculares, rayano y acogedor donde los haya. Y precisamente por ser pueblo rayano con Portugal, tuvimos la grata presencia de numerosos hermanos del otro lado de la raya, que tampoco quisieron perderse el evento y a los que acogimos precisamente como lo que son, hermanos de historia, de fe y de vida compartida.
A las 10 de la mañana con la acogida, entre besos y abrazos, comenzamos la ultreya con una tacita de café en una mano y “perrunillas” en la otra.
La alegría por vernos, como cada año, era patente y multiplicada, porque nos acompañaba nuestro pastor diocesano D. Jose Rodríguez Carballo, en esta aventura jubilosa que es siempre una Ultreya.
En su llegada sus primeras palabras fueron de agradecimiento por la invitación: “No nos olvidemos nunca de dar las gracias y yo os las doy por haberme invitado a esta ultreya”.
Seguidamente celebramos la Eucaristía. D. José, en su homilía, volvió a insistir en el agradecimiento y nos dijo, entre muchas otras cosas, que: “No se concibe la vida cristiana sin la actitud de agradecimiento, como tampoco se concibe sin la alegría. Basta ya de vivir nuestra fe como si fuera un funeral continuo. Es nuestra fe un SI rotundo, la del sí a la vida. ¡Que nos vean cara de resucitados cada día!”

Y como resucitados escuchamos las palabras de la ponente, Gloria Briegas, la joven que a sus 21 añitos nos iba a enseñar que los más adultos también tenemos mucho que aprender de los jóvenes.
Con su fino humor, con su alegría desbordante, con su pasión por el MCC, Gloria nos dijo muchas cosas, pero destacaré una por la resonancia que me consta, tuvo entre los asistentes: “El primer anuncio debe salir de nuestras parroquias, de nuestros grupos. Es la calle la tierra a sembrar, hoy más que nunca, teniendo en cuenta a las personas en escucha activa, en diálogo permanente, en acogida indiscutible, sin juzgar y sin presionar. Cada uno tiene sus tiempos y hay que respetarlos, porque las personas son precisamente la tierra sagrada donde debemos trabajar, sembrándola con nuestro propio testimonio.”
Con el almuerzo de fraternidad y la posterior visita cultural al Museo del Corcho de la localidad terminamos un día pleno e inolvidable, que nos recargaba las pilas para trabajar con intensidad e ilusión este nuevo curso.
