
El pasado sábado 20 de diciembre nos juntamos en el Seminario Metropolitano para celebrar el Pleno de Navidad.
Sí, ya sabemos que no era tiempo de navidad, sino todavía tiempo de advierto, pero era tal el deseo que no podíamos esperar más para celebrar: celebrar a Dios; celebrar a la humanidad; celebrar un nacimiento; celebrar un Dios que se hace hombre y que, con ello, cambia el discurrir de la historia, y — aún más importante– cambia el discurrir de nuestro corazón.
Incluso el ritmo del día parecía ir en paralelo con el tiempo litúrgico: la noche caía y una fina lluvia (que a veces aparecía, y a veces solo amenazaba aparecer) hacia aún más oscuro lo que quedaba del cielo, como la oscuridad que se hace más tenebrosa antes de ser rota por la luz del sol.
De hecho, parecían proféticas las palabras de. D. Jaime en el retiro inicial con el que comenzaba la tarde: «Antes de la misión está la adoración, el recogimiento».
Por supuesto: todos tenemos una misión, pero antes de afrontarla es necesaria la oración.
Este fue el “atrio” ideal tanto del resto de la jornada como del resto del año litúrgico, y de la vida en general.
La charla a continuación de D. Andrés Cardozo sobre la Teología del Cuerpo y la ideología de género en general, fue apasionada y deliciosa, sumamente interesante y un severo «aldabonazo» sobre la sociedad en la que estamos inmersos (incluyendo el animado turno de preguntas que tuvimos al final).
Continuamos con los avisos propios de la marcha del movimiento antes de pasar a celebrar la Eucaristía, festiva y esperanzada presidida por D. Gonzalo Suárez, Consiliario diocesano del Movimiento.
El broche final lo puso, como acostumbra, la cena: espacio para confraternizar y compartir la celebración gozosa y llena de esperanza tanto por el recuerdo del nacimiento del niño-Dios, como por el nuevo y próximo año que ya asoma.
De Colores.



