
En estos tiempos tan extraños, que han condicionado tanto nuestras vidas y actividades, poco a poco es necesario retomarlas. Quizá lo vivido ha dejado mella en nosotros, temores, los vacíos de quienes han marchado, un entorno desesperanzado… y por eso recibimos una invitación: volver a Galilea.
Cada uno sabe dónde está su Galilea, donde vivió ese primer encuentro de gracia, ese primer amor que hizo arder el corazón entonces y que lo hace arder de nuevo solo con recordarlo.
Volver a Galilea significa empezar de nuevo, retomar el camino del que puede que nos hayamos despistado un poco. Avanzar al futuro desde lo que somos, desde nuestra condición de hijos de Dios y miembros del MCC, llamados y enviados a cumplir una misión.
A eso se nos invita, y así, cargados de ilusión, comenzamos dos días de convivencia (5 y 6 de febrero) muy deseados, sintiendo la necesidad de ser acompañados en el camino de vuelta a Galilea. Porque aunque no sea sencillo caminar, qué grande es saber que no lo hacemos solos y sin rumbo. Sabemos dónde ir y de dónde partir, y lo hacemos en la comunidad del MCC. Con unos acompañantes apasionados por el amor de Dios (gracias Mari Loli, Eva, Dani, Goyi, Paco), que comparten alegría mirando a los ojos y abriendo los brazos y el corazón de par en par, como solo los hermanos lo hacen, viviendo la fraternidad y la comunión.
Empezamos por lo más importante: la oración pausada, sin prisas, sin la que nada podemos hacer. Un tiempo de oración que llegó directo al corazón, ayudándonos a revivir ese primer amor, a sentirlo presente. Así pasamos a tomar conciencia de nuestro ser movimiento desde los inicios hasta hoy. Solo desde la fidelidad a nuestro carisma, viviendo en clave kerigmática y manteniendo el fervor evangelizador que nos ha caracterizado desde el comienzo, podemos dar respuesta en la realidad de hoy, con todos los retos que se nos presentan. Y haciéndolo en comunidad, con creatividad, valentía, perseverancia y alegría.
Sabemos que ahora igual que siempre y quizá más que nunca, es necesario llevar a otros la buena noticia, lo maravilloso que es vivir la vida de la mano del Señor. Hay mucho por hacer, tanto que puede que sintamos que nos supera. Pero contamos con lo mejor: el amor de Dios que recibimos cada día y no podemos dejar de anunciar, y por el que no podemos tampoco dejar de dar gracias.
¡¡De Colores!!

