¡Señor, que los que nos llamamos cristianos, lo seamos de veras! ¡Señor, que los que no somos cristianos de veras, no seamos obstáculos para que lo sean quienes están dispuestos a seguirte!
Esta era una de las orac
iones que D. Sebastián acogió como «leitmotiv» de su vida. Ser, en la medida de cada uno, un instrumento útil para llevar a los demás el plan de salvación de Dios. Seguramente por eso, tras terminar la peregrinación a Santiago, D. Sebastián se vio en la necesidad de animar a los peregrinos a afrontar nuevos caminos, recorrer nuevas sendas por el proyecto que Dios había trazado para aquella juventud mallorquina. La peregrinación no podía ser el punto y final de un proyecto de vida. Por eso, se necesitaba encontrar nuevos objetivos, nuevas metas para seguir avanzando. Para ello, pocas semanas después de terminar la peregrinación, escribió un artículo en el boletín diocesano de los jóvenes mallorquines: «Cara al Mañana». En este, alentaba a los jóvenes a seguir perseverando, a buscar en la oración las fuerzas necesarias para la nueva conquista de los jóvenes alejados de Dios porque «quienes se conforman con lo que hicieron no merecen llamarse peregrinos».
Se estaba forjando una mentalidad compartida por sacerdotes y laicos, que llevaría a terminar de dar forma a un método que tuviera como finalidad acercar a los hombres a un Dios Padre que los ama hasta el extremo y que desde ese descubrimiento, llenasen sus ambientes de este mensaje de salvación. Esta bonita historia tendría como punto culmen en el primer cursillo celebrado el 7 de Enero de 1949.
CARA AL MAÑANA.
No podemos vivir de recuerdos. La vida es algo más. No podemos anquilosarnos pensando en la grandeza de ayer. Hay que proyectar hacia el mañana la impresión y la lección de los días que, por la gracia de Dios, nos cupo en suerte vivir. Santiago no era una meta final sino un punto de partida. No íbamos allí a una «parada» apostólica, sino a un «reenganche» apostólico. No íbamos a buscar relevo y descanso; sino a pedir fuerzas y posibilidades de conquista, a merecer ser vanguardistas y adelantados. No decíamos: He ahí, Señor, lo que hemos hecho. Decíamos: Señor, dinos lo que quieres que hagamos. Quienes se conforman con lo que hicieron, no merecen haber sido peregrinos. Para Ramón Llull, nuestro primer peregrino, el peregrinar a Santiago fue el inicio de una vida crucificada en Cristo por amor a sus almas; fue el hacerse todo por todos para llevarlos a todos hacia Dios. Para nosotros, Santiago representa el punto de convergencia de sesenta mil almas juveniles que, bajo la protección del Padre de la Hispanidad, se lanzan a la conquista del mundo para Cristo.
Para los dirigentes, Santiago es, además, una tremenda lección. Ni la incomodidad del barco, en cubierta; ni del tren, en tercera; ni los camiones de mercancía en que recorrimos más de mil trescientos kilómetros; ni el equipaje, reducido a su más elemental expresión, sin posibilidad siquiera de lavarse; ni el alojamiento que no fue otro que el campo infinito sin tienda tan solo de campaña; ni el asiento que solo existió para los invitados de honor; ni la comida fría, cuando la había, al estilo de los días de avance arriesgado en la guerra, fueron bastantes para abatir el espíritu de nuestros 700 peregrinos. Lo cual nos convence de que tenemos una juventud inasequible al desaliento. ¡Si los dirigentes quisiéramos de veras! Y es hora de querer. Hay que dar cauce a tanta vida. Hay que canalizar tanto potencial. No se puede dejar estancada tanta actividad. Hay que echar la inteligencia, el corazón, la voluntad, los brazos, las rodillas, en la empresa apostólica. ¿Qué hemos hecho desde entonces? El Consejo tiene elaborado el plan del curso. Para noviembre, prepara la Asamblea. Dentro de unos días, se abrirá la Escuela de Dirigentes. Se estudian las tandas de Ejercicios y los Cursillos a organizar. Colaboramos en el Año Mariano… Pedimos al Señor que despierte en todos los dirigentes de la Obra el sentido de responsabilidad. Es la hora de la acción. La sementera está inmejorablemente abonada. Durante años, nuestra consigna fue: A Santiago. Hagamos, ahora, santo y seña de nuestra vida, esta otra: Desde ‘Santiago, santos y apóstoles, por la gloria de Santa María «Asumpta».
El Consiliario Diocesano.
